Imagen con fines ilustrativos

Minor Araya Salguero

Criminólogo – Exjefe OIJ – Especialista SWAT


Redacción-El 26 de septiembre de 2017, en un bar del estado de Indiana, la desgracia como una inesperada invitada, pasó de lado, pero solo a milímetros del ahora famoso local.

“No estaba en el guión, pero los oficiales de policía dispararon contra un actor que simulaba a un ladrón armado durante un tiroteo en la noche… “ (CBS Chicago)

Aquella filmación, según la policía de Crawfordsville, debió ser tan realista que alguien llamó al servicio de emergencias 911 y denunció un robo a mano armada. Cuando los oficiales llegaron al sitio «un sujeto salió con un pasamontañas y una pistola, y la policía disparó». El asaltante, en realidad era un actor el cual, estaba «retrocediendo por la puerta con la máscara puesta y aún sujetando el arma» una que en realidad, no era real, era un accesorio de utileria.

El falso asaltante – que en realidad era un actor de cine – no resultó herido, y el mando superior de los policías, sin titubear,  justificó el peculiar hecho; «Los oficiales sintieron que sus vidas corrían peligro y dispararon contra el sospechoso.”. Realmente interesante ¿cierto…?

Los agentes en cuestión – por fortuna, con mala puntería – atienden y enfrentan su realidad, una ingenuamente inducida por terceros sobre los cuales, definitivamente podría recaer un alto grado de responsabilidad por los hechos generados.

En SWAT (Armas y Tácticas Especiales, por sus siglas en inglés) se nos dice:”Lo que tus ojos observan, tus oídos escuchan y tu nariz huele, resume el mensaje que percibe tu cerebro, tu realidad”. Nunca lo olvide, más aún si usted sirve – de alguna manera – a la seguridad en cualquiera de sus vastas áreas de conocimiento y aplicación.

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 «Un policía verdadero pelea, no por odiar lo que tiene al frente o querer hacerse fama, sino por amar a los que detrás de él están» – Araya, M.

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Pero, esta experiencia – tal cual es – una falsa representación de la realidad, no es exclusiva de policías norteamericanos. Un Error de Hecho de mayores consecuencias ya fue, policialmente experimentado por un costarricense; uno que, desde hace varios años se convirtió en un agente judicial, justa y felizmente jubilado.

A aquel compañero, le conocí en 1995 allá, en la aguerrida Delegación Regional del OIJ de San Carlos durante aquel – muy extendido – Secuestro de Boca Tapada. Él era Jefe de Delegación, conocido además, como uno sobresaliente como policía.

En mancuerna con su segundo al mando – otro valiente veterano de apellido Morales – la ausencia de un fuerte y positivo liderazgo, era prácticamente imposible en aquella importante oficina judicial en donde, el talento, disciplina y mística de su personal de investigación, realmente llamaba la atención.

Cuando circula «sangre azul policial» – poco común – en un servidor de la ley y el orden público, aquel muy peculiar «factor» le hace proclive al más estricto cumplimiento del deber y con esto, también a la atracción de temidos retos y por supuesto, problemas…

«Anything, Anytime, Anywhere» es decir «Lo Que Sea, Cuando Sea, Donde Sea». Aquella, una cita – recurrente como adoctrinamiento – de mi Sargento Maestro, Stevens, S (U.S 7th Special Forces Group). Lo anterior a colación por cuanto – como veremos – para la persona que lleva a la policía en sus venas, el deber tiene prioridad, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Un miércoles 18 de noviembre del año 1998, en Palmares de Alajuela, propiamente en el supermercado Compre Bien, a eso de las 07:15 de la noche, para nuestra desgracia un joven reservista (Fuerza Pública) trágicamente pierde su vida… 

La Cruz Roja, el Cuerpo de Bomberos y la Reserva de la Fuerza Pública, desde mi perspectiva, con una indudable buena visión e intención; no obstante, posiblemente, con una escuálida comprensión y cuestionado control de la naturaleza de una muy delicada operación, simulan un incendio y un asalto criminal armado en una área pública y concurrida: en y en los alrededores de aquel supermercado.

¿El actor impensable e inesperado…? Nuestro compañero, de apellido Sánchez; en efecto, quién para ese entonces era el jefe de la notoria Delegación del OIJ antes mencionada. Por coincidencia, destino o lo que usted – respetable lector – desee suponer, la muerte ya tenía su propia agenda…

Nuestro agente judicial circula por el lugar y, a pesar de hacerse acompañar de su familia, cuando percibe en el ambiente un asalto con el agravante de una toma de rehenes, no lo piensa dos veces y con incuestionable valentía y justificada decisión, decide intervenir tratando de lograr un objetivo primordial: salvar la vida de una mujer, una a la cual «un asaltante con pasamontañas» le tenía tomada por el cuello.

El insospechado actor hace, simplemente, lo que bien le fue enseñado como agente judicial: proteger la vida humana de inocentes colocando la propia, cuando no hay opción, bajo riesgo. Utilizando su arma de servicio dispara y neutraliza eficazmente lo que él y muchos otros transeúntes, consideran en ese crítico momento como una letal amenaza; valga decir, una real y por supuesto, actual.

A pesar de lo aparente, aquella amenaza, aquél «asaltante» y demás, eran falsos. ¡Por Dios, una calamidad para todos! A pesar de lo obvio, Don Fernando es acusado penalmente y no es hasta el 27 de octubre del año 2000, que es encontrado inocente de toda pena y responsabilidad por un Tribunal Penal de la República.

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“De acuerdo con la resolución de los jueces, el disparo que Sánchez propinó al reservista se debió a que este actuó en su condición de policía cuando se topó con una supuesta toma de rehén, ya que nunca fue informado de que todo era parte de una práctica.” – La Nación

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Ese reconocido policía judicial – por justicia y derecho, absuelto – al igual que muchos excompañeros de mi “vieja guardia”, eran dignos de respeto. Sin ser – naturalmente – perfectos, entre otras cualidades, su alta dedicación, honestidad, valentía, aptitud y, amor por su institución, les hacían un recurso humano valioso en tan gran institución.

Con todo y todo, sin duda alguna, Sánchez – como le llaman aún algunos – de seguro sufrió su experiencia, un trago amargo que de igual forma, valiente y decididamente enfrentó y resolvió física, mental y, hasta judicialmente. También, sin duda alguna, el proceso judicial le ilustró, más aún, en eso que llamamos, asuntos de la policía.

Un hecho terrible, quizá por poco o nada entendido, por poco vivido en su momento; de este, muchos aprendimos sin siquiera pagar por la singular y especial enseñanza por lo que, hoy trato – de mejor, por extendida manera – con muchísimo respeto, recordar aquella tragedia personal y colectiva que probablemente, incluso 22 años después, poco o nada, sea mencionada en aula judicial y policial alguna.

El nuevo agente judicial debe hacerse respetar a sí mismo, a través del respeto que debe, entre otros, a sus superiores. A veces, nuestro joven ímpetu nos ciega; no nos permite ver, menos analizar, lo mucho y valioso que hay detrás de ese – a veces – incorrecto e injusto, sentimiento simplón generalizado: «es una pega» (por antigüedad).

Los hubieron, los hay y habrán «investigadores viejos» que para aprender realmente, tuvieron que pagar un alto precio por hacer lo correcto al cumplir con su deber como servidores de la ley. La experiencia, definitivamente no se compra a la vuelta de la esquina; es muy valiosa como valioso es su apoderado.

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La ignorancia, es el peor enemigo del ser humano.

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No aprender de los errores y aciertos cometidos no solo puede llegar a ser, tropezar con la misma piedra, es ignorar el valor de los Procedimientos de Operación Normal (PON). Así, leer al calor de la chimenea sobre la invencibilidad del error, no es precisamente lo mismo que experimentar, qué tan vencible o no, sean o puedan llegar a ser considerados los resultados de mis actos, durante las múltiples exigencias de la pelea.

Criticar a nuestro compañero investigador por «meterse en problemas» al cumplir con su deber, cuando perfectamente pudo esquivar este y dejar que el mal, a su ritmo, siguiera su camino, es obviar la más profunda naturaleza del policía; el buen policía más expuesto está a los «problemas» y esto, lejos de merecer mala crítica, merece mucho respeto y consideración.

Como bien decía un buen operador táctico con el que tuve el honor de servir en el SPII (Unidad Táctica del OIJ), Juan Flores Umaña: «Que valga la cuñita…». Es decir, que el mensaje realmente sea comprendido y sirva a su buen propósito.

Un comentario de opinión sí, muy sencillo pero como siempre, tan franco como informado posible; uno dedicado a todos esos agentes judiciales «policías de sangre azul».

Por supuesto, muy especialmente, dedicado a un veterano agente, ya jubilado, Helio Cordero Forrester, quien mucho esfuerzo y dedicación dio a su institución y a su país.

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*Exjefe OIJ – Criminólogo