Redacción- Este 2 de marzo, Karen Barillas celebrará un cumpleaños muy especial. A sus 29 años, esta joven docente de la escuela Los Ángeles de Cariari, en Guápiles, no solo ha vuelto a su pasión por enseñar, sino que lo hace con un corazón nuevo, uno que late gracias a la generosidad de una familia que, en medio de su dolor, permitió que Karen pudiera seguir viviendo.
La historia de Karen es un testimonio de lucha, esperanza y gratitud. Cuando despertó en el hospital Rafael Ángel Calderón Guardia, tras una cirugía de trasplante de corazón que duró casi 10 horas, lo primero que sintió fue un latido poderoso en su pecho. “¡Estoy viva!”, pensó al instante. Era un latido que le daba una nueva oportunidad, una oportunidad que antes parecía distante, mientras su propio corazón se debilitaba, consumido por una enfermedad rara y progresiva que ni los médicos podían detener.
Hace más de un año, Karen vivía días llenos de angustia, sin poder caminar sin dificultad para respirar, con un cansancio que parecía no tener fin. Sufrió severos episodios de insuficiencia cardíaca que la llevaron a constantes visitas al hospital, y la incertidumbre de saber que su corazón se apagaba lentamente. La enfermedad, que se originó por complicaciones derivadas de una infección por covid-19, amenazaba con quitarle la vida, y la única esperanza era un trasplante de corazón.
La joven recuerda el angustioso proceso en que se encontraba en lista de espera. Después de tres intentos fallidos, donde las condiciones del donante no eran óptimas, finalmente, a la cuarta llamada, su vida cambió para siempre. “Este sí es su nuevo corazón”, le dijo la coordinadora de donación del Calderón. Y ese corazón le permitió renacer.
Lo que comenzó como una batalla por su vida, se transformó en una historia de fe y agradecimiento. Karen recuerda el día de la cirugía como un momento lleno de oraciones, donde pedía a Dios por seguridad en el trayecto hacia el hospital, donde las carreteras eran traicioneras. «Creo que Dios sí escuchó mis oraciones», dijo, refiriéndose a la tranquilidad que sintió al ver que el camino estaba despejado, sin lluvias ni accidentes, como si la vida misma le estuviera dando el camino claro para seguir adelante.
Al despertar de la cirugía, lo primero que hizo fue pedir ver a su madre, quien, desde la ventana de la sala de cuidados intensivos, la saludó con una sonrisa llena de alivio y emoción. Ocho días después de la operación, Karen se levantó, dio su primer paso y, por primera vez en mucho tiempo, pudo darse un baño que describió como “la sensación más placentera”. “Me sentía como nueva, con fuerzas, respirando bien, sin el peso de la angustia”, recordó.
Hoy, Karen ha vuelto a lo que más ama: enseñar. Regresa al aula, donde sus pequeños estudiantes de primer grado le dan la bienvenida con sonrisas y abrazos. Pero lo hace con una visión renovada de la vida, sabiendo que cada día es un regalo, que su nuevo corazón simboliza mucho más que una segunda oportunidad; es un recordatorio constante de la generosidad de aquellos que, en su dolor, decidieron donar órganos y salvar vidas.
«Si no existiera la donación, yo no estaría aquí», dice Karen con voz emocionada. “Para mí es un milagro y una bendición muy grande de parte de Dios. Gracias a la familia del donante, aunque nunca los conoceré, mi vida hoy tiene un propósito renovado”.
El Día Mundial del Trasplante de Órganos y Tejidos, celebrado el 27 de febrero, es un momento perfecto para recordar la importancia de la donación, como Karen hace con su historia. «Hay personas que ya no tienen opción de vivir sin un trasplante. Donar órganos es dar vida», pide, con la esperanza de inspirar a otros a considerar este acto de generosidad.
Con su nuevo corazón, Karen no solo ha vuelto a la vida, sino que ha vuelto a su misión de enseñar, a tocar vidas, a sembrar amor y esperanza en cada uno de sus alumnos. Su historia es un testimonio de lo que significa tener una segunda oportunidad, y de cómo un acto de amor puede cambiar el destino de una persona para siempre.